La verdad de Sonia

Sonia era una televisión rectangular y plana. No era capaz de sonreír pero tampoco parecía triste; sus labios estaban siempre rectos, no se sabe si por la decepción o por el fracaso. Vivía con una familia de personas que le regalaban mucho amor pues a todas horas había alguien enfrente de ella, observándola. Era la única de su especie en la casa, desconocía dónde estaban sus familiares. A veces podía oír voces cercanas de otras televisiones pero Sonia era incapaz de desplazarse para conversar con ellas pues su pelo estaba anclado a la pared.

Sonia nunca decía lo que quería ni tampoco lo que pensaba. Si cerraba los ojos era capaz de viajar por el mundo y ver lo que ocurría en cada lugar, sin embargo, tan solo le estaba permitido contar algunas cosas. Tal vez no mentía pero omitía información y esto la incomodaba.

Sonia veía como la miraban las personas que vivían en su casa, le regalaban amor verdadero porque jamás dudaban de lo que ella decía, creían que Sonia contaba la verdad absoluta, por eso ella quería corresponderles con el mismo amor. Una noche, esperó a que toda la familia estuviera reunida y, queriendo demostrarles que no todo lo que les decía era cierto, comenzó a proyectar las imágenes que había escondido. Los niños comenzaron a llorar, el padre se quedó boquiabierto y la madre se levantó del sofá y comenzó a golpearla -¿qué pasa?, ¿se habrá estropeado? —decía. Sonia a cada golpe más se enfurecía y más rápido mostraba las imágenes omitidas, hasta que el padre se levantó también y le arrancó el pelo de la pared. – Sí, parece que ha dejado de funcionar —afirmó—, mañana compraremos otra —añadió.

A la mañana siguiente, cuando Sonia abrió los ojos ya no estaba frente al sofá marrón, se emocionó, pensó que su familia de humanos le había llevado a un lugar mejor para agradecerle que les contara la verdad. De pronto, le entró mucho frío, miró hacia arriba y se dio cuenta de que no había techo, hacia sus lados y vio que no había paredes, sólo le acompañaban tres cajas rectangulares: una verde, una amarilla y una azul.

– Al menos te podrían haber echado dentro, así te refugiarías del frío —dijeron.
– ¿Quiénes sois vosotros? —preguntó Sonia.
– Yo soy Container —dijo la caja verde—, él es Basuvidrio —señaló a la caja amarilla— y él es Paper.
– ¿Has dejado de funcionar? —preguntó Basuvidrio.
– No, sólo que anoche intenté enseñarle a mi familia de humanos toda la información que les había escondido. Quería ser justa con ellos pero creo que no me entendieron.
– No eres la primera televisión que ha estado aquí por ese motivo, para los humanos debe de ser difícil entender que las televisiones sois subjetivas y no contáis todas las versiones o realidades de mundo —dijo Container.
– Sí pero a pesar de las dificultades, tenemos que seguir intentando mostrárselo —contestó Sonia.
– No sólo las televisiones han acabado aquí por ese motivo, también algunos periódicos… —dijo Paper.

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