El monstruo de pinzas afiladas

Érase una vez una piedra de color gris y forma ovalada a la que le encantaba admirar el mar. Se llamaba Códol y vivía en una playa poco frecuentada de una pequeña isla. Códol soñaba con poder bañarse en el mar, quería sentir el agua pero no podía moverse ya que no tenía patitas, así que se divertía observando a las olas. Las miraba día a día pero no conseguía comunicarse con ellas.

– ¡Hola Olas! —repetía constantemente.

mar Entonces las olas levantaban su larga cresta blanca como si quisieran escuchar mejor a Códol pero en seguida retrocedían hacia atrás sin responder. La mamá de Códol le explicaba a su hijo que no podían oírle pero él estaba convencido de que sí, así que continuaba intentándolo una y otra vez hasta que, un día que el viento soplaba con mucha fuerza, Códol pasó la mañana entera saludando a cada ola que se acercaba a la orilla:

– Hola Olaaa
– Olaaa, ¿por qué te balanceas?
– Ola, ¿no puedes verme?
– ¡Estoy aquí! ¡Si te balanceas con más impulso conseguirás cogerme!

De repente, empezó a sentir miedo, un pequeño monstruito de color naranja se acercaba a él con unas grandes pinzas. Códol guardó silencio para pasar inadvertido.

– ¿Quién estaba gritando sin parar? —dijo el monstruito enfadado—, ¿quién ha estado toda la mañana molestando? —prosiguió el monstruito.
– No me hagas nada monstruo, por favor… —dijo Códol con voz temblorosa.
– ¿Monstruo? ¡No soy ningún monstruo! Soy el Señor Carranc y vivo en esta preciosa playa, entre la tierra y el mar. Estaba durmiendo pero alguien me ha despertado gritándole a las olas.
– Sí, perdone Señor Carranc, era yo quien gritaba —respondió Códol con inseguridad.
– ¿Por qué gritabas? —preguntó intrigado el Señor Carranc.
– ¿Seguro que no eres un monstruo? —preguntó Códol ignorando la pregunta del Señor Carranc.
– ¡Claro que no! Los monstruos no existen, nosotros los creamos en nuestra imaginación.
– ¿Nosotros los creamos? ¿Qué significa crear? —preguntó Códol tímidamente.
– Crear es producir algo. Por ejemplo, los cantantes crean canciones, los pasteleros pasteles, los pintores cuadros y los niños y niñas crean historias cuando juegan. De hecho, algunas de esas historias les producen miedo.
– ¿Y por qué les dan miedo las historias que crean? —preguntó Códol que escuchaba muy atento.
– Porque en esas historias aparecen personajes que no conocen o situaciones que no saben enfrentar y se sienten inseguros.
– Se sienten inseguros… —repitió Códol dubitativo.
– Sí… tú te has sentido inseguro cuando has visto mis afiladas pinzas porque no sabías si sería alguien bueno, entonces has imaginado que quería hacerte daño y has sentido miedo.
– Creo que lo entiendo… —dijo Códol— tengo miedo a lo que no conozco.
– Así es —afirmó el Señor Carranc mientras sonreía satisfecho.
– Pero Señor Carranc, eso no es siempre como usted me está explicando, yo no conozco a las olas ni al mar en el que viven y no me dan miedo, ¡todo lo contrario! Les llamo cada día porque quiero jugar con ellas y que me arrastren al lugar en el que viven.
– ¡Claro! Porque no todo lo desconocido provoca miedo —afirmó el Señor Carranc—. ¿Y las olas no te responden?
– Tal vez me tienen miedo —respondió Códol.
– ¿Y por qué no te acercas a conocerlas?
– Porque no puedo moverme, ¿acaso no ves que no tengo patitas?
– Pero yo sí tengo.
– ¿Harías eso por mí Señor Carranc?
– Por supuesto que sí, te cogeré suavemente con mis pinzas y te subiré encima mío, después iremos donde tú quieras.
– ¿Tú también vives en el mar Señor Carranc?
– Sí, vivo en una roca preciosa muy cerquita de la orilla. ¿Quieres conocer a mis hijas?
– ¡Me encantaría! —respondió Códol muy ilusionado.


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